Economía

Rusia, en un mundo ilógico occidental, �Qué pasó con �frica?

Colombia, España, Madrid, Argentina, Buenos Aires
Saprissa apunta a sellar el segundo lugar y liberar la agenda

En un período cuando alza la ola populista en todo el mundo, no se sabe si salen o no las estructuras políticas populistas desde el continente que lucha contra los problemas muy profundos, pero por lo menos hay sus puntos principales y cada día se profundizan estos principios. Aunque algunas cosas se acostumbran en tiempo y se hacen normales, pero no son nada más que una bomba a punto explotarse con un tiempo tardado.  

Rusia es la gran incógnita

 

El año 2019 se espera que sea de continuidad para buena parte de las tendencias que acontecen en el escenario latinoamericano

Asidero

En el capítulo dedicado a “Dios y capitalismo”, Sassoon señala que la religión, en general, “tenía poco que decir sobre la organización económica de la sociedad, aunque había algunas actividades económicas desaconsejadas o prohibidas, como la usura”. Analiza desde una perspectiva crítica la teoría de Max Weber de que el protestantismo estimuló el capitalismo. Una comparación minuciosa del crecimiento económico de ciudades católicas y protestantes durante varios siglos (de 1300 a 1900) muestra que la religión no influyó en absoluto. (La principal diferencia es que la población de los países protestantes era más culta que la de los países católicos.) En la mayor parte del mundo, por razones históricas, la religión estaba vinculada a la vida rural. “El capitalismo estaba asociado a las ciudades, la lucha de clases y el culto al individuo, la democracia, los valores laicos y los entretenimientos pecaminosos”. Cosas poco propicias a la vida familiar, desde luego. Las ciudades creaban condiciones en las que la religión lo tenía más complicado y era muy fácil perder la fe. En Alemania, en 1860, las iglesias rurales estaban llenas, mientras que, en Berlín, solo el 1% de los que se declaraban protestantes iban a misa los domingos.

Sassoon explica muy bien por qué los conservadores británicos comprendieron enseguida que la extensión del sufragio masculino en el siglo XIX les podía favorecer. También describe a la perfección cómo el anticlericalismo fue el rasgo definitorio de muchos liberales franceses, más que cualquier idea sobre la economía o las clases sociales.

Otro debate muy interesante al que se suma el autor es el de hasta qué punto el colonialismo fue un factor que contribuyó a la primera industrialización y pudo impedir que otros entraran en el club de los “avanzados”, como afirman los teóricos de la dependencia. “Fue la adquisición de colonias en la ‘Edad imperial’ verdaderamente útil para la industrialización? ¿Fueron importantes los ingresos de las nuevas posesiones, o fueron excesivos los gastos? ¿Las adquisiciones de colonias posteriores a 1880 fueron tan importantes como las anteriores a la era industrial? ¿Y se obtuvieron como parte de un programa de construcción nacional, para asegurar el orden social y la paz en la metrópolis?” Por supuesto, este es un debate eterno, que sigue hoy en vigor.

Sassoon no se resiste a citar la frase con la que despachó Friedrich Engels al emir Abd el Qader, jefe de la resistencia argelina contra los franceses en las décadas de 1830 y 1840: “Al fin y al cabo, el burgués moderno, con la civilización, la industria, el orden y al menos una educación relativa que le acompañan, es preferible al señor feudal y el ladrón depredador, con la barbarie de la sociedad a la que pertenecen”. Engels coincidía con Tocqueville en que incendiar las cosechas y los pueblos de los argelinos nativos era “una desgraciada necesidad que cualquier pueblo que desee luchar contra los árabes debe aceptar”, en palabras del segundo. La “misión civilizadora” de Francia, como la del Reino Unido en India y, posteriormente, las de Bélgica en el Congo, Alemania en Suroeste de África e Italia en Libia, consistió en una política de tierra quemada y lo que más adelante, en el siglo XX, se denominaría limpieza étnica. La política basada en las diferencias raciales en Europa no es más que la continuación de las políticas coloniales de las grandes potencias en Asia, África y el Norte de África varias décadas antes.

Volviendo a acontecimientos trascendentales como la gran recesión de 1873, el autor afirma que despertó la conciencia de la globalización y desató una ola de proteccionismo, especialmente en Francia, que deberíamos estudiar con más detalle hoy, cuando se dan unas circunstancias similares.

No es fácil comprender todo esto, pero quizá sean útiles dos libros recientes. Dmitri Trenin dirige el Carnegie Centre de Moscú y conoce su país desde dentro, puesto que fue oficial del Ejército Rojo. Su breve y escueta sinopsis de la historia rusa destaca la absoluta crueldad de los líderes comunistas que, durante la mayor parte del siglo XX; utilizaron las encarcelaciones y los asesinatos de masas para promover los intereses de su partido, en vez de los nacionales. Trenin describe la Rusia actual como “un régimen que finge ser un Estado, y cree que Putin “es quizá una de las pocas personas de la Rusia contemporánea de las que se dice que… les importa el pueblo”. En lugar del Estado, “las clases dirigentes han instalado un sistema de gobierno que las absuelve de toda responsabilidad y favorece sus intereses. El triunfo de las élites sobre el Estado es históricamente antirruso, porque estas, a pesar de sus privilegios, siempre han estado al servicio del Estado, y esa es una situación insostenible a largo plazo”.

Angela Stent sigue los acontecimientos de Rusia desde hace años y opina que Putin y el  putinismo  pueden prolongarse todo lo que él quiera. Tal vez Occidente fue ingenuo en los 90, cuando creyó que Rusia quería entrar a formar parte de Europa. En cualquier caso, los dirigentes rusos que expresaban esos sentimientos terminaron mal. Mijaíl Gorbachov, el último presidente de la URSS, y Boris Yeltsin, el primer presidente de Rusia, fueron testigos, durante sus mandatos, de la caída de la primera y la casi descomposición de la segunda. Aunque, al principio, Putin adoptó su misma retórica, enseguida pasó a cultivar “la idea del excepcionalísmo ruso, la peculiar identidad eurasiática de Rusia, un país a caballo de los dos continentes y en el centro de un mundo nuevo y multipolar, en el que Moscú tiene relaciones con gobiernos de todas las tendencias políticas”. Stent explica que Xi “ofrece a Rusia la asociación con una potencia en ascenso y refuerza el empeño de ambos países de crear un orden económico alternativo”.

 

El hecho de que la sociedad, la política y los medios rusos se hayan alejado de los modelos liberales que Putin desdeña abiertamente es más un triunfo suyo que el resultado de cualquier hostilidad occidental. “Toda construcción nacional es fundamentalmente un ejercicio de fabricación de mitos”, nos recuerda Trenin en la introducción de su libro. Los líderes rusos no son los únicos que fabrican mitos, no tienen más que fijarse en Washington y Londres. Lo cual hace que el futuro de las relaciones entre Rusia y Occidente sea aún más incierto.

El hecho de que la sociedad, la política y los medios rusos se hayan alejado de los modelos liberales que Putin desdeña abiertamente es más un triunfo suyo que el resultado de cualquier hostilidad occidental. “Toda construcción nacional es fundamentalmente un ejercicio de fabricación de mitos”, nos recuerda Trenin en la introducción de su libro. Los líderes rusos no son los únicos que fabrican mitos, no tienen más que fijarse en Washington y Londres. Lo cual hace que el futuro de las relaciones entre Rusia y Occidente sea aún más incierto.

Asimismo, hay que esperar a ver si se produce algún avance significativo en el diálogo birregional con la Unión Europea, que si bien en la primera mitad de la década obtuvo cierto impulso a través de las Cumbres EU-LAC y la firma de los Acuerdos de Asociación Estratégica con Centroamérica y el Acuerdo Multipartes con Perú y Colombia, en la actualidad sigue demandando de mayores avances y compromisos, al quedar muy lejos de la relación comunitaria con otros enclaves como África o el Pacífico.

No podemos entender fácilmente los desarrollos políticos y sociales en el Continente Sur. Los países latinoamericanos por su parte no podrán pasar hacia más allá de esta estructura existente sin solucionar estos tres problemas principales. Según algunas personas claro que los países latinoamericanos no tienen la intención de pasar por allá de esta situación y el objetivo real es la sostenibilidad del sistema actual.

En un período cuando alza la ola populista en todo el mundo, no se sabe si salen o no las estructuras políticas populistas desde el continente que lucha contra los problemas muy profundos, pero por lo menos hay sus puntos principales y cada día se profundizan estos principios. Aunque algunas cosas se acostumbran en tiempo y se hacen normales, pero no son nada más que una bomba a punto explotarse con un tiempo tardado.  

Rusia es la gran incógnita

 

El año 2019 se espera que sea de continuidad para buena parte de las tendencias que acontecen en el escenario latinoamericano.

Dicho de otro modo, el referido contexto de ciclo económico desacelerado en el Sur, se une a un importante déficit comercial, dificultando la capacidad de mitigar el crecimiento sostenido de la pobreza y de la desigualdadque, nuevamente y como sugiere algunos organismos financieros, vienen experimentando una deriva ascendente en los últimos años en el continente latinoamericano. Sea como fuere, las previsiones respecto de la inflación son estables (3, 8%) –con las excepciones de Argentina (28- 56%) y Venezuela que, en este momento, se encuentra con una inflación real incalculable y especulación de los productos básicos, con al menos seis ceros en su haber. Lo mismo es que, en términos comerciales, América Latina también mantiene su déficit por balanza de pagos, solo superavitario en dos pequeñas economías como son Guatemala y Paraguay, además de Venezuela –en parte, fruto de la moratoria en su pago de la deuda externa, el tipo de control de cambios, las remesas y la tendencia al alza de los precios del petróleo

Es decir, en el resto de economías del continente, el déficit comercial asciende a varios miles de millones de dólares, tal y como sucede en Brasil, México, Colombia, Argentina o Chile. Lo anterior, igualmente, fruto de los reducidos niveles de inversión, tanto en materia de i Los años gloriosos de la década pasada del giro a la izquierda y del regionalismo posliberal, que invitaban con optimismo a pensar en la posibilidad de abrir una nueva etapa de prosperidad y cambio en la región, más bien, se han tornado en la enésima oportunidad perdida para el continente; inmerso en un momento de crecimiento a la baja y de continuidad con problemas y dificultades que parecen tornarse irresolutos.

Infraestructura y comunicaciones, como en gasto público y políticas sociales,

Del lado de la política, 2019 puede suponer un año de contrapesos a la deriva conservadora acrecentada en los últimos años, y que sitúa a la región en un  impasse  entre los modelos de retorno o consolidación del modelo neoliberal (Perú, Colombia, Chile, Argentina) y los modelos acuñados bajo el tiempo del progresismo, los cuales buscaban una mayor simetría entre las aristas del trinomio Estado-Mercado-Sociedad Civil (Ecuador, Uruguay, Bolivia). Asimismo, frente a lo anterior, quedaría por ver hacia dónde se orienta el nuevo Gobierno de Andrés Manuel López Obrador en México, y el nivel de influencia y afectación que la ultraderecha brasileña puede experimentar con Jair Bolsonaro al frente. Al igual, habrá que prestar atención a las posibles fricciones en la relación entre Colombia y Venezuela, que han experimentado importantes desencuentros en 2018, y al impulso de una integración regional maltrecha, en especial, en el escenario andino y  merco sureño .

 

Perkins cita además la actuación de esos agentes para organizar la oposición social a gobiernos contrarios a los intereses de EE UU. Cuando los saboteadores fallan, entran en escena agentes conocidos como “chacales”, para derrumbar o asesinar gobernantes. Él revela que los chacales fueron enviados a Venezuela en 2002 para articular el golpe contra el presidente Chávez.

Un concepto ampliamente difundido, que garantizó apoyo de la sociedad estadounidense a una serie de invasiones militares fue la idea de “intervenciones humanitarias” o “guerras preventivas”, como ocurrió en Panamá, Somalia, Haití, Bosnia, Colombia, Afganistán e incluso en las dos guerras contra Irak, donde soldados norteamericanos pensaban que su misión era “liberar” aquel país. Esas intervenciones sirvieron para garantizar control territorial, recursos naturales, políticas económicas neoliberales y de “libre mercado”, aunque con el pretexto de asegurar la “estabilidad”, la “democracia” y la “seguridad” en aquellos países.

En Venezuela se aplica una política neoliberal.

Ese discurso esconde las atrocidades cometidas por el ejército y por fuerzas paramilitares financiadas por Estados Unidos en todo el mundo. Bajo el discurso de los gobernantes estadounidenses, que pregonan la “democracia” y la “justicia”, una parte de la sociedad alimenta un sentimiento de superioridad. Otra parte sufre directamente con leyes que, en especial después de los ataques del 11 de septiembre, restringen derechos civiles y políticos, sobre todo de los inmigrantes. Por lo tanto, la preservación del imperio americano depende de la ignorancia y de la opresión de su propia población. En la década de los ‘80, cuando Centroamérica vivía un duro proceso de enfrentamiento contra el imperialismo y muchas organizaciones estadounidenses buscaban solidarizarse con las luchas revolucionarias en la región, ya había un entendimiento de que la mejor forma de solidaridad con una revolución es estimular esas luchas en su propio país. Nuestro Continente ha sido escenario de mucha lucha y no nos faltan ejemplos a seguir. En toda América Latina se están registrando movilizaciones que reflejan el repudio popular a las políticas de dominación económica y militar de Estados Unidos y de sus aliados. Hoy mismo, cada uno/una de nosotros está en proceso de lucha y sabemos que hacer. Cada día surgen nuevas formas de resistencia, a partir de la sabiduría popular. Como dice el pueblo de Oaxaca, “La Victoria no es de los poderosos sino de los mejor organizados”.

Nos preguntamos qué significa ser liberal en nuestro siglo. Por mi parte, diré que el significado irreductible del liberalismo me sigue pareciendo el mismo hoy que en los siglos XVII y XVIII: ser liberal es sostener de forma conjunta dos críticas que permanecen inalteradas desde entonces: por un lado, la  crítica anti absolutista ; por otro, la crítica  antiestamental . Si tiramos de estos dos hilos, creo que encontraremos todos los debates que normativamente interesan a cualquier persona de convicciones liberales

Nos preguntamos qué significa ser liberal en nuestro siglo. Por mi parte, diré que el significado irreductible del liberalismo me sigue pareciendo el mismo hoy que en los siglos XVII y XVIII: ser liberal es sostener de forma conjunta dos críticas que permanecen inalteradas desde entonces: por un lado, la  crítica anti absolutista ; por otro, la crítica  antiestamental . Si tiramos de estos dos hilos, creo que encontraremos todos los debates que normativamente interesan a cualquier persona de convicciones liberales.

La segunda crítica, decíamos, es la  antiestamental . Es decir, la lucha contra los privilegios de cuna que el Antiguo Régimen había santificado y que impedían la libre circulación del talento en sociedad y lo que hoy llamaríamos el libre desarrollo de la personalidad o de las capacidades de cada uno. Frente al estamento o el colectivo, el liberalismo pone el énfasis en el individuo, cuya esfera de actuación no puede quedar limitada por el factor  accidental  de su nacimiento. De nuevo, hoy sabemos que tanto los privilegios como las situaciones de exclusión  de facto  encuentran la manera de reproducirse en las sociedades democráticas que consagran la igualdad formal ante la ley. Y estamos también sobre aviso de que los factores accidentales que se erigen en pretexto para levantar barreras en la sociedad van más allá de la clase social adjudicada al nacer. Sexo, raza, religión, lengua u origen nacional son también marcadores que, sutil o abiertamente, pueden ser alegados para reproducir viejos esquemas de subalternidad y privilegio. En cada uno de estos casos, el credo liberal demanda adoptar una actitud antiestamental, es decir, individualista, es decir, antidiscriminatoria.

Si la crítica  anti absolutista  hace que el liberalismo se mantenga a una distancia prudencial de la democracia, receloso de la propensión al absolutismo de las mayorías, la actitud  antiestamental  tiende a cancelar esa distancia y lo aproxima a doctrinas igualitaristas como el socialismo. Este es el liberalismo que va, podríamos decir, de Payne a Sen, y que considera que una situación de privación material o de pobreza extrema es, al cabo, tan destructiva de la libertad personal como un poder político incontrolado.

Nótese, de cualquier manera, que en ambos casos la preocupación primordial es la misma, esto es, asegurar la esfera de libertad donde el individuo podrá desarrollar sus capacidades o gustos. El liberalismo es algo, por tanto, que tiene que ver con la libertad, convertida en el ojo de la aguja por donde todo pensamiento liberal debe poder pasar. Esta afirmación no parecerá trivial si reparamos en que asume algo como presupuesto que está lejos de ser a

xiomático: que los hombres y las mujeres somos libres. Para explicar la distancia que en este aspecto nos separa de los primeros liberales, permitidme ahora traer un inciso de uno de las obras más conocidas del canon liberal, La carta sobre la tolerancia de John Locke. No se trata de un paso famoso, sino apenas de un inciso que me llamó la atención en una reciente relectura. Se trata de la definición de iglesia que da Locke al inicio de su  Carta  (los énfasis míos):

Putin, un hombre y líder clave para la Venezuela del futuro