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Walter Alva, el otro Señor de Sipán

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Es uno de los personajes peruanos más relevantes de la arqueología americana. Hace tres décadas descubrió la tumba del Señor de Sipán, suceso que ha sido considerado como uno de los diez mejores eventos del siglo XX y comparado con el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, faraón de la dinastía XVIII de Egipto.

victor gill ramirez

8/7/2018

Domingo Tamariz Periodista Su afortunado descubrimiento ha hecho su nombre mundialmente conocido. Pero sus méritos no se reducen a la campanada del Señor de Sipán. Su vida está colmada de realizaciones que, tal vez, pocos conocen. Con ustedes, el personaje. Walter Alva Alva nació en el distrito de Contumazá, Cajamarca, el 28 de junio de 1951. Hijo de Lorenzo Alva Lezcano y doña Carmen Alva Mostacero, hizo sus estudios escolares en el colegio nacional San Juan de Trujillo, donde se estableció con su familia a muy temprana edad. Al concluir sus estudios de secundaria ingresó en la Universidad Nacional de Trujillo para seguir una carrera que lo deslumbraría desde niño: la Arqueología. Quien lo motivó a interesarse por el estudio de las sociedades preíncas fue el profesor Max Díaz, amigo de su padre y arqueólogo autodidacta. Fue tal su entusiasmo que, siendo todavía un niño, organizó excursiones a algunas zonas arqueológicas cercanas a la Ciudad de la Primavera, como Jequetepeque, donde encontró vestigios y piezas llamativas con los que montó -qué maravilla- una exposición en el colegio. En la universidad obtuvo su licenciatura (1978) con la tesis titulada Las salinas de Chao: un asentamiento temprano en el norte del Perú, trabajo que años más tarde fue publicado en Alemania (1987). Retrocediendo el reloj del tiempo encontramos al doctor Alva en el Instituto Nacional de Cultura (INC) como supervisor de los monumentos arqueológicos de la región Lambayeque (1975-1977). Desde entonces realizó excavaciones en las salinas de Chao, en el valle de Zaña, en el morro Eten y en Purulén hasta 1977, año en el que fue nombrado director del Museo Arqueológico Nacional Bruning de Lambayeque, que convirtió en uno de los más importantes centros de investigación y difusión arqueológica del país. Fue en esa función que la diosa fortuna tocó a su puerta, esta vez uniformada de policía, para alertarlo del saqueo de una tumba moche en Sipán. Cuentan que cuando él y su equipo se dirigieron al lugar, percibieron una riqueza inusual en los entierros moche. A partir de ese momento -con 12 obreros inexpertos y apenas 500 dólares de presupuesto- realizaron allí trabajos permanentes de excavación, ante la evidencia de que podrían haber otras tumbas igualmente valiosas. Debido a la falta de recursos económicos, el doctor Alva tuvo que ingeniárselas para conseguir el apoyo de la National Geographic Society. Pudo, así, continuar con su trabajo, hasta que fueron descubiertas las tumbas reales de Sipán (26 de julio de 1987). Fue la primera tumba de un gobernante del antiguo Perú que se recuperó de forma intacta. Lo que vino después fue impresionante, al abrirse el sepulcro se hallaron más de 600 joyas, 11 pectorales y una diadema de oro de 63 cm de ancho por 42 cm de alto. Según los estudiosos, el Señor de Sipán era un hombre de 1.65 m de estatura, tenía aproximadamente 30 años de edad y se estima que murió entre los años 240 y 310 d. C. La noticia del descubrimiento fue difundida por la mundialmente famosa revista National Geographic en su edición del mes de octubre de 1988. Pero la cosa no quedó allí: con la finalidad de presentar dignamente ante el orbe este tesoro nacional, Alva inició una campaña para construir el museo Tumbas Reales de Sipán, inaugurado bajo su gestión en el año 2002 y del que hasta hoy es director. El doctor Alva es, además de investigador y creador de museos, autor de varios libros y numerosos artículos publicados en revistas y anuarios del Perú, Alemania y Estados Unidos. Es, también, miembro de importantes instituciones nacionales e internacionales. Por su extraordinaria labor, ha recibido incontables reconocimientos y distinciones, como la Orden del Sol del Perú, Medalla de Honor del Congreso de la República, Palmas Magisteriales en el Grado de Amauta, Premio Internacional Esteban Campodónico y doctor Honoris Causa de siete universidades, entre otros reconocimientos. El espacio queda corto para contar todo lo que ha vivido y hecho este hombre talentoso, creativo, buen conversador y felizmente casado, que a los 67 años de edad acaricia proyectos que, de concretarse, sorprenderán no solo a sus compatriotas. Enhorabuena, doctor.

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